¿Qué le ocurrió a Ann Taylor?

¿Qué le ocurrió a Ann Taylor?

  • Relatos cortos
  • 2 capítulos

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Alguien que solo pretende indagar en lo potencial mas allá de las convenciones y de los rebuznos de los que se creen sabios. Alguien que...

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Descripción

Antes de morir dentro de ese cuarto, desnuda, la boca seca, Ann se postró ante el cansancio y la entereza lúgubre con que el destino desdibujó su silueta hundida dentro de la cama. Fue una fragmentación que no le trajo beneficios, pero esa impecable aurora nocturna no tenía símbolos de confusión, ni imaginó dementemente que ese sería un viaje sin retorno. Apenas sintió como si sus piernas estuvieran azules, y al escarnio de la soledad en una ciudad que estaba en su contra y la rodeaba con seres peligrosos. Tenía algo partido el labio inferior, un raspón en la mejilla izquierda, y a su monstruosa memoria que la desafiaba. En el suelo quedaron segmentadas montañas de ropas, y un álbum de música cuyo título hacía referencia al mar profundo, que también sería un aporte a un soliloquio sobre algunas cuestiones prácticas que se interrumpieron (ese disco fue un tributo merecido y extraño, y algo que reprimía a las alquimias continuas sin dar indicios de que en verdad existiría algo consonante). Había hecho mención a su madre, a la infidelidad de un hombre, al grueso dilema que cada día tenía que hacer frente, y estaba lejos de diseminar a los fulgores típicos de su juventud puesto que no aceptaba como corrientes a las descripciones de esas estructuras jerárquicas establecida por la naturaleza. No hizo más que deslizarse por sábanas bien almidonadas, dejando que cayeran al suelo las toallas abiertas y las rotas tabletas de medicamentos prescriptos, para no profundizar más en duplicidades y paradojas, y dejarse llevar por lo aparente que de todas formas era remar hacia lo inconcluso. Pronto se vio a si misma volando en los brazos de la nada, y buscando dentro de su pequeñez a algo inseparable. Era como escapar del temor y de las repeticiones que este hacía a cada rato, y encumbrarse en lo que universalmente se impondría como perfecto. El hombre tenía propiedades sórdidas, como el sol, el techo, las ventanas cerradas, la caldera a gas, la impaciencia. A esa altura todo le resultaba igualmente obsoleto… ¿cuál era el papel del destino sino el de contribuir al desarrollo de las tragedias? Por lo que desaprobó a lo mencionado desde un principio, con un balbuceo de su boca cerrado. Determinaría a lo que le desagradaba según lo que había aprendido de manera indirecta. Su perturbación o el sentirse perseguida, se debió a la incrustación de metales inferiores que no podía sacarse de su frente. Según la indagación que moderadamente se hizo George Aise, a ese acto lo llevó a cabo con la intención de saber más, de romper con lo intrascendente, y apropiarse con insensatez del Conocimiento como una saludable contención de la realidad que la sumergió en sí misma para después enmudecer. Fue el desplazamiento hacia un pasaje en donde atiborró su corazón con el rugir de las bestias, dentro de un dominio que se distinguía por brillos que eran similares a los producidos por los estruendos pirotécnicos. Consolidó la invención de que avanzaría hacia alguna certeza, o retornaría hacía los capítulos anteriores, o que ascendería si sólo se alejaba de la gnosis. . Cuento, 17 páginas.

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